Pero, desde luego, no creais que nos encontramos ante un músico serio, formal, y, por tanto, una persona aburrida, aunque genial. No, ni mucho menos. Brahms debió gran parte de su éxito al contacto con el matrimonio que formaban Robert Schumann y su esposa, Clara Wieck (por cierto, Robert pudo casarse con Clara no sin enfrentarse con el padre de la novia, que no quería verle ni en pintura). A él, como enorme artista, le respetaba y consideraba su maestro musical. A ella, hacía algo más que admirarla. No existen datos, pero desde luego había entre Clara y Brahms algo más que amistad. Ella era una gran pianista, y fué quien estrenó el primer concierto de piano de Brahms (por cierto, qué gran obra, merece la pena escucharla). Y bueno, tras la muerte de Robert en 1856, siguieron siendo muy buenos amigos...
Además, Johannes Brahms tenía la curiosa costumbre de salir de la misa de los domingos algo antes de lo recomendable, y dirigir sus pasos hacia cierta taberna del lugar donde, casualmente, coincidía con otros amigos del arte musical y de la buena cerveza, y, en entrañable cofradía, se dedicaban a entonar, acompañados por el propio Johannes al piano, alegres canciones. En una de estas juergecillas conoció nuestro hombre a un violinista zíngaro que, según todos los indicios, le sirvió de inspiración para componer sus famosas Danzas Húngaras. ¿Quién no habrá escuchado alguna, y más de una vez? Nos traen imágenes de fiesta en el campo, de diversión sencilla, de amor campesino, de vida, a fin de cuentas.
Aunque algunos pretendan olvidarlo, resulta evidente que los músicos famosos también fueron personas, tan llenas de debilidades y esperanzas como nosotros mismos.